El vuelo

El tren se subió al globo en su sonrisa y nadaron dentro. Sus manecitas agarraron el hierro, y pudieron contemplar cómo se aceleró el tiempo, la importancia relativa de los sucesos, pues se les mimaba allí arriba. Todo era dulce como hacía mucho, y travieso como el brote de la risa. Cuando bajaban, una catedral de agujas se sumergía en sus espaldas y profanaba sus cuerpos. Ellos iban los primeros. Nadie les podría avisar de cualquier quiebro o subida, de si a cien metros más allá se les acabaría la vía. A su paso iban dejando una alfombra voladora de pies y cabecitas rebosantes dentro de los vagones como si fuesen sopa. Así nunca se sintieron más contentos. Cualquier voz que proviniese desde abajo no la oirían, ni las órdenes podrían recibirlas. Subido en uno de esos artefactos lo único que se sentía era el instinto de hacer bromas apiadándose de su propio miedo. Aclarando sus ojitos contra el viento, separaban las pestañas y las caras se les caían del asombro, esperando ser perdonados por haberlo agitado, al Señor de las montañas. No es posible tanta audacia en estos pequeños. Les tiraba el pelo y la frente se les descubría lisa con un cierto rubor en las niñas, ya que sus colas de caballo se les movían, delatando lo que ellas  por vergüenza habían estado escondiendo. Adelante las dos partes de la víbora se unían haciendo imposible el trayecto: Un óvalo en el aire y sin alternativa. Tenerse que afianzar así al cielo les desasió. A una puesta de sol se asemejó su caída. Fue un eclipse que se gira y les dejó tiesos, con la nariz fría y tiritando, el corazón hueco y el sentimiento de haber pasado por un fulgor severo que recogería sus vidas en el pliego de su cénit. El vuelo.  

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Symmetry

El vuelo

El tren se subió al globo en su sonrisa y nadaron dentro. Sus manecitas agarraron el hierro, y pudieron contemplar cómo se aceleró el tiempo, la importancia relativa de los sucesos, pues se les mimaba allí arriba. Todo era dulce como hacía mucho, y travieso como el brote de la risa. Cuando bajaban, una catedral de agujas se sumergía en sus espaldas y profanaba sus cuerpos. Ellos iban los primeros. Nadie les podría avisar de cualquier quiebro o subida, de si a cien metros más allá se les acabaría la vía. A su paso iban dejando una alfombra voladora de pies y cabecitas rebosantes dentro de los vagones como si fuesen sopa. Así nunca se sintieron más contentos. Cualquier voz que proviniese desde abajo no la oirían, ni las órdenes podrían recibirlas. Subido en uno de esos artefactos lo único que se sentía era el instinto de hacer bromas apiadándose de su propio miedo. Aclarando sus ojitos contra el viento, separaban las pestañas y las caras se les caían del asombro, esperando ser perdonados por haberlo agitado, al Señor de las montañas. No es posible tanta audacia en estos pequeños. Les tiraba el pelo y la frente se les descubría lisa con un cierto rubor en las niñas, ya que sus colas de caballo se les movían, delatando lo que ellas  por vergüenza habían estado escondiendo. Adelante las dos partes de la víbora se unían haciendo imposible el trayecto: Un óvalo en el aire y sin alternativa. Tenerse que afianzar así al cielo les desasió. A una puesta de sol se asemejó su caída. Fue un eclipse que se gira y les dejó tiesos, con la nariz fría y tiritando, el corazón hueco y el sentimiento de haber pasado por un fulgor severo que recogería sus vidas en el pliego de su cénit. El vuelo.  

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